Transcribo una larga cita (pero que resulta pequeña comparada con su obra) del trabajo expuesto por el filósofo alemán en torno al "principio de razón suficiente", y que guarda una relación directa,a la crítica de la filosofía occidental y, particularmente a la teología y filosofía de Hegel.
Fuente: Schopenhauer. De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente. (versión electrónica) Trad. Eduardo Ovejero y Maury.
PRINCIPIO DE RAZÓN SUFICIENTE DEL DEVENIR
En la mencionada clase de objetos para el sujeto, aparece el principio de razónsuficiente como ley de causalidad, y llamo a ésta principio de razón suficiente deldevenir, principium rationis sufficientis fiendi. Todos los objetos que entran a formarla representación general del complejo que constituye la realidad sensible, estánligados unos con otros, por obra de los diversos estados que pueden afectar, y, portanto, en la dirección del transcurso del tiempo. Dicho principio es el siguiente:cuando uno o varios objetos se presentan en un nuevo estado, debe haber precedidootro estado anterior, al cual sigue regularmente, esto es, siempre, este otro nuevoestado en que ahora se presentan. Tal proceso se llama sucesión, y el primer estado sellama causa, y el segundo, efecto. Por ejemplo, si un cuerpo arde, es necesario que alestado de combustión haya precedido antes otro estado: 1) De afinidad con eloxígeno; 2) De contacto con el oxígeno; 3) De determinada temperatura. Dándose,pues, estas circunstancias, debe producirse necesariamente la combustión. Puesto quesólo dadas tales circunstancias podía producirse la combustión y ésta se ha producido,quiere decirse que dichas circunstancias no existían antes, sino que sólo ahora, en elmomento de la combustión, han concurrido. Este proceso se llama cambio; porconsiguiente, la ley de causalidad se halla en exclusiva relación con los cambios, ysólo se refiere a estos. Todo efecto, en el momento de producirse, es un cambio, ydemuestra, precisamente porque antes no existía, que se produjo otro cambio anteriora él, que es, con respecto a éste, su causa, como es efecto con respecto a otro cambioanterior al mismo. Así se forma la cadena de la causalidad, que necesariamente tieneque carecer de principio. Según lo cual, la aparición de todo nuevo estado es consecuenciade otro cambio anterior; por ejemplo, en el caso presente, la adjunción de unadeterminada cantidad de calórico, a lo cual debe necesariamente seguir la elevaciónde temperatura de dicho cuerpo. Este calentamiento de la piedra está condicionadopor otro cambio anterior, por ejemplo: la caída de los rayos del sol sobre un espejoustorio; y éste, a su vez, por la desaparición de una nube de delante del sol, que dejapaso a sus rayos; y este fenómeno por la fuerza del viento; éste, a su vez, por ladiferencia de densidad en el aire; éste por otras circunstancias, y así in infinitum.Cuando un estado contiene todas las condiciones, menos una, para producir un nuevoestado, en tanto se puede llamar a esta última causa κατ εξοχήν del nuevo estado, encuanto ella es la decisiva para este nuevo cambio. Pero, para la determinación de larelación causal de las cosas, en general, no tiene más importancia que las demás, porser la última que aparece en orden al tiempo. Así, en el ejemplo citado, en tanto sepuede llamar al movimiento de la nube causa de la combustión, en cuanto es posteriora la dirección de los rayos del espejo hacia la piedra. Sin embargo, esta circunstanciaha podido efectuarse posteriormente al descorrerse de la nube, así como también hapodido serlo la recepción del oxigeno: este orden de tiempo decidirá en cada casocuál es la causa. Pero si consideramos la cuestión más atentamente, veremos que, enrealidad, la causa de un estado es el estado completo anterior, por lo que es en esenciaindiferente en qué período de tiempo han concurrido sus circunstancias. Según esto,se puede llamar causa κατ' εξοχήν, respecto de cada caso particular, la circunstanciaque aparece última en un estado, puesto que viene a completar el número de las quese requieren, por lo que su aparición será la que decida el cambio. Sin embargo, parauna consideración general, puede llamarse causa al concurso de todas las condicionesnecesarias para la aparición del nuevo estado. Pero las diferentes condiciones, quesólo reunidas completan y constituyen la causa, se pueden denominar los momentoscausales, o también las condiciones causales, en las cuales se descompone la causa.Por el contrario, es completamente falso llamar causa al objeto mismo y no al estado.Así, en el ejemplo anterior, algunos llamarían al espejo ustorio causa de lacombustión; otros, a la nube; otros, a los rayos del sol; otros, al oxígeno, y asísucesivamente, a capricho. Pero no tiene sentido alguno decir que un objeto es causade otro: en primer lugar, porque los objetos no sólo contienen la forma y la cualidad,sino también la materia, la cual ni se crea ni se destruye, y luego porque la ley decausalidad se refiere exclusivamente a los cambios, esto es, al aparecer y desaparecerde los estados en el tiempo, y sólo regula aquellas relaciones en las cuales la anteriorse llama causa, y la siguiente, efecto, y su relación necesaria se llama consecuencia.Remito al lector que quiera profundizar esta cuestión, al estudio que de ella hago enmi obra El mundo como voluntad y como representación, t. II, c. IV, y en especial,páginas 42 y siguientes (3a edic., págs. 46 y sigs.). Pues es de la mayor importanciaformarse un cabal y exacto concepto de la ley de causalidad, como también de laextensión de su dominio, y saber claramente, ante todo, que sólo y exclusivamente serefiere al cambio de estados de la materia y de ningún modo a otro genero decambios; por consiguiente, no se puede aplicar a lo que no le conviene. Es elregulador de los cambios operados, en el tiempo, en los objetos de la experienciaexterior, los cuales son todos materiales. Todo cambio sólo puede aparecer, segúnuna regla determinada, cuando le ha precedido otro a consecuencia del cualnecesariamente se produce; esta necesidad es el nexo causal.Á pesar de ser tan sencilla, como por lo expuesto hasta aquí se comprende, la ley decausalidad, vemos en los libros de filosofía, desde los más antiguos hasta los másmodernos tiempos, esta ley expresada en una forma más abstracta, y, por tanto, másvaga y confusa. En ellos se la suele definir diciendo que es lo que da existencia a unacosa, o lo que produce una cosa; así, Wolf la definía: causa est principium, a quoexistentia, sive actualitas, entis alterius dependet53, mientras que, por el contrario, en53 “causa es principio, de cuya existencia, o actualidad, otro ente depende”. parser latin translator.la causalidad sólo se trata de cambios de la materia, que, por su naturaleza, es sinprincipio e indestructible, y tomar existencia, esto es, pasar a ser lo que no ha existido,es imposible. Estos falsos y extraviados conceptos de la ley de causalidad tienenquizá su origen en la obscuridad del pensamiento; pero, en ocasiones, detrás de talobscuridad se oculta la intención teológica, que, husmeando de lejos la pruebacosmológica, se dispone a servir y hasta a falsificar verdades transcendentales apriori, ese biberón de la razón humana. Con la mayor evidencia aparece esto en ellibro de Tomás Brown On the relation of cause and effect; esta obra consta de 460páginas, y en 1835 se publicó su cuarta edición, y después de esta quizá se han hechootras muchas; aparte de su fatigosa y escolástica prolijidad, no trata mal el asunto.Este inglés ha comprendido justamente que la ley de causalidad sólo se refiere acambios, y que, por consiguiente, un efecto es un cambio; pero la causa es otrocambio; de lo que se sigue que la cosa no es sino el nexo ininterrumpido de loscambios que se suceden en el tiempo, lo cual él no dice, aunque no pueda librarse dela lógica de esta consecuencia. En cambio, dice siempre con bastante torpeza, que lacausa es un objeto anterior al cambio, o también una substancia, y con esta expresióncompletamente falsa, que estropea toda su doctrina, se atormenta y compromete,durante todo el curso de su larga obra, lamentablemente, yendo contra su conciencia,única y exclusivamente con el objeto de preparar la prueba cosmológica que él yotros expondrán después. ¿Qué debemos pensar de una verdad que se ha preparadopor medio de tales maniobras?Pero ¿qué han hecho nuestros buenos y honorables catedráticos de filosofía alemanes,ellos que ponen sobre todas las cosas la verdad y el ingenio? ¿Qué han hecho, por suparte, de la querida prueba cosmológica, desde que Kant la dio el último golpe en laCritica del juicio? Era difícil salir del compromiso, pues (ya lo saben ellos, los muydignos) causa prima es, tanto como causa sui, una contradictio in adjecto, si bien laprimera expresión es más usada que la segunda, y se suele pronunciar con todaseriedad y hasta con gesto solemne; y algunos, especialmente los Reverends ingleses,elevan los ojos con expresión mística, cuando hablan enfática y patéticamente de thefirst cause, esa contradictio in adjecto. Saben que una causa primera es tan imposiblede imaginar como un límite al espacio un principio al tiempo, pues toda causa es uncambio en el cual hay que preguntar por un cambio anterior del cual proviene, y así ininfinitum, in infinitum! Tampoco se puede imaginar un primer estado de la materia,del cual, puesto que ya no es, hayan salido todos los cambios ulteriores, pues sihubieran tenido su causa en él mismo, éstos hubieran existido siempre y no sóloahora. Si suponemos que empieza, en un determinado tiempo, a ser causa,supondremos necesariamente que ha cambiado en ese tiempo, con lo que habrádejado de estar en reposo; pero esto supondría un cambio, cuya causa, esto es, otrocambio anterior, tendremos que investigar, y así nos perderemos otra vez, cada vezmás allá, en la inexorable ley de la causalidad, in infinitum, in infinitum. (¿No les davergüenza a esos señores hablarme de un nacimiento de la materia? Pero hay quetener en cuenta que les esperan complacientes ciertos corolarios.) Pero la ley decausalidad no es tan complaciente como un coche de punto, que, una vez que nos haconducido adonde queríamos, le despedimos. Más bien se parece a la escoba delaprendiz de brujo de que nos habla Goethe, que, una vez puesta en movimiento, norecobra el reposo hasta que el brujo maestro tiene que venir a pararla. Pero losseñores de que hablo no tienen, ni juntos ni separados, nada de brujos. Y ¿qué hanhecho estos nobles y honrados amigos de la verdad, que se pasan el tiempoacechando al mérito, para, en cuanto asoma, anunciarle por el mundo entero, y, lejosde querer ahogar al genio que nace, acudiendo a un artero y cobarde silencio, seconvierten en heraldos de éste (y esto es tan cierto como que la imbecilidad ama algenio sobre todas las cosas); qué han hecho, digo, por su antigua amiga laasendereada prueba cosmológica, hoy ya caída en tierra? ¡Oh! Han inventado unalinda treta: «Amiga, la han dicho, mal te va, muy mal, desde tu funesto encuentro conel tozudo de Kosnisberg; tan mal te va como a tus hermanas la prueba ontológica y lafísico-teológica; mas no te apures, que nosotros no te olvidamos (ya sabes que paraeso nos pagan). Pero, eso sí, tienes que cambiar de nombre y de vestimenta, pues si teanunciamos por tu nombre, todos echarán a correr. Así disfrazada, te cogeremos delbrazo y te presentaremos al mundo; eso si, tienes que guardar el incógnito: te llamaremosdesde ahora lo Absoluto; esto suena extraño, distinguido y majestuoso, y mejorque nadie sabemos nosotros lodo lo que se puede hacer en la literatura alemana conpalabras tan sonoras como esta. Todos saben lo que bajo ellas se suele ocultar; perono por eso se creen menos sabios. Tú apareces disfrazada en figura de un entimema.Todos tus prosilogismos y premisas, con los cuales se suele trepar por el largoclimax, los dejaremos en casa; ya sabe todo el mundo que no sirven para nada. Peroal aparecer tú como un hombre de pocas palabras, altanero y atrevido, damos elgolpe.» «¡Aquí está lo Absoluto!», gritas tú; y nosotros contigo: «¡Esto es lo que debeser, ¡voto al diablo!, y sin ello nada sería!» (entonces das un golpe en la mesa). «Pero¿de dónde viene eso?» «¡Pregunta estúpida! ¿No he dicho que soy lo Absoluto?»«Consolémonos, pues, que la cosa marcha. Los alemanes están acostumbrados aaceptar palabras, en vez de conceptos; para eso les educamos desde su juventud; y sino, ved las doctrinas de Hegel: ¿qué son sino vana y hueca palabrería? Y, noobstante, ¡cuan brillante la carrera de esta hechura de ministro! No ha necesitado másque algunos amigos venales, dispuestos a entonar la alabanza del filosofastro, y suvoz ha hallado en las cabezas huecas un eco cada vez más resonante y extenso; y asíse hace de un vil charlatán, de un cerebro vulgar, un gran filósofo. Así, pues, ¡valor!Además, amiga y patrona, ya te favoreceremos por otros medios, ¡No podemos vivirsin ti! Aunque el viejo crítico de Koenisberg haya criticado la razón y le haya cortadolas alas, nosotros inventaremos una razón nueva, que no piensa, sino que intuicionaideas (palabra distinguida para uso de los mixtificadores), que intuiciona ideas vivas,o que también percibe, percibe inmediatamente, lo que los otros sólo consiguendemostrar, o que, especialmente en aquellos que se contentan con poco, presiente.Los conceptos vulgares inculcados en nosotros en nuestra primera edad, los haremospasar por inspiraciones inmediatas de esta nueva razón, esto es, por revelaciones delcielo. La antigua razón, analizada por Kant y degradada por nosotros, la llamaremosinteligencia, y la mandaremos á paseo.» «¿Y la verdadera, la auténtica inteligencia?»«¡Qué nos importa a nosotros la verdadera inteligencia! Te ríes con incredulidad.¡Ah! Nosotros conocemos a nuestro público y las harum horum54 que tenemosdelante en esos bancos. Ya dijo Bacón de Verulamio: «En las Universidadesaprenden los jóvenes a creer». Por tanto, pueden esperar de nosotros correctasenseñanzas. Tenemos buena provisión de artículos de fe. Si te invadiese el desaliento,no tienes sino pensar en una cosa: que los alemanes hemos hecho lo que nadiehubiera sido capaz de hacer, esto es, saludar como a un gran espíritu y a un profundopensador a un filosofastro ignorante, vacio, forjador de desatinos, que ha destruidolos cerebros para siempre con un cúmulo de huecos sofismas (hablo de nuestroquerido Hegel), y no sólo hemos podido hacer esto impune y desvergonzadamente,sino que lo hemos creído, lo estamos creyendo, desde hace treinta años hasta el día dehoy. Así, a pesar de Kant y de su crítica, con tu ayuda, hemos poseído lo Absoluto;así nos hemos salvado. Luego, por medio de deducciones obtenidas por diversasartes, y que sólo tendrán de común su atormentador aburrimiento, extraeremos deeste Absoluto el mundo, al que llamaremos lo finito, y a aquél, lo infinito— lo queintroduce una amena variación en esta logomaquia—, y hablaremos constantementesólo de Dios, explicando el porqué, cómo y de dónde; por qué proceso libre, onecesario, ha hecho el mundo, o le ha creado; si está dentro o fuera de él, etc., etc.,como si la filosofía fuera teología y tratase de explicar, no el mundo, sino Dios.»Por tanto, la prueba cosmológica que nos ha valido este apóstrofe, y con la cual noslas tenemos que haber, consiste propiamente en la afirmación de que el principio derazón suficiente del devenir, o ley de causalidad, conduce necesariamente a una ideaque la suprime y la anula.Pues a la causa prima (absoluto) se llega subiendo de la consecuencia al principio, altravés de una larga serie; pero detenernos en la causa prima, es imposible, sin anularel principio de razón.Después de haber aquí reducido a la nada la prueba cosmológica, como en el segundocapitulo la ontológica, el lector querrá ver refutada también la prueba físico-teológica,que se presenta con alguna mayor apariencia que las otras. Pero no es este el lugar dehacerlo, pues su contenido corresponde a otra parte de la filosofía. Así, pues, remitoal lector que se interese por estas cuestiones: primero, a Kant, tanto en su Crítica dela razón pura, como ex professo a la Crítica del juicio; y para completar su doctrina,puramente negativa, a mis resultados positivos, en La voluntad en la Naturaleza, eselibro pequeño en volumen, pero rico en contenido e importancia.
Fuente: Schopenhauer. De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente. (versión electrónica) Trad. Eduardo Ovejero y Maury.