miércoles, 18 de abril de 2012

Schopenhauer (De la cuádruple raíz...)

Transcribo una larga cita (pero que resulta pequeña comparada con su obra) del trabajo expuesto por el filósofo alemán en torno al "principio de razón suficiente", y que guarda una relación directa,a la crítica de la filosofía occidental y, particularmente a la teología y filosofía de Hegel.



PRINCIPIO DE RAZÓN SUFICIENTE DEL DEVENIR

En la mencionada clase de objetos para el sujeto, aparece el principio de razón
suficiente como ley de causalidad, y llamo a ésta principio de razón suficiente del
devenir, principium rationis sufficientis fiendi. Todos los objetos que entran a formar
la representación general del complejo que constituye la realidad sensible, están
ligados unos con otros, por obra de los diversos estados que pueden afectar, y, por
tanto, en la dirección del transcurso del tiempo. Dicho principio es el siguiente:
cuando uno o varios objetos se presentan en un nuevo estado, debe haber precedido
otro estado anterior, al cual sigue regularmente, esto es, siempre, este otro nuevo
estado en que ahora se presentan. Tal proceso se llama sucesión, y el primer estado se
llama causa, y el segundo, efecto. Por ejemplo, si un cuerpo arde, es necesario que al
estado de combustión haya precedido antes otro estado: 1) De afinidad con el
oxígeno; 2) De contacto con el oxígeno; 3) De determinada temperatura. Dándose,
pues, estas circunstancias, debe producirse necesariamente la combustión. Puesto que
sólo dadas tales circunstancias podía producirse la combustión y ésta se ha producido,
quiere decirse que dichas circunstancias no existían antes, sino que sólo ahora, en el
momento de la combustión, han concurrido. Este proceso se llama cambio; por
consiguiente, la ley de causalidad se halla en exclusiva relación con los cambios, y
sólo se refiere a estos. Todo efecto, en el momento de producirse, es un cambio, y
demuestra, precisamente porque antes no existía, que se produjo otro cambio anterior
a él, que es, con respecto a éste, su causa, como es efecto con respecto a otro cambio
anterior al mismo. Así se forma la cadena de la causalidad, que necesariamente tiene
que carecer de principio. Según lo cual, la aparición de todo nuevo estado es consecuencia
de otro cambio anterior; por ejemplo, en el caso presente, la adjunción de una
determinada cantidad de calórico, a lo cual debe necesariamente seguir la elevación
de temperatura de dicho cuerpo. Este calentamiento de la piedra está condicionado
por otro cambio anterior, por ejemplo: la caída de los rayos del sol sobre un espejo
ustorio; y éste, a su vez, por la desaparición de una nube de delante del sol, que deja
paso a sus rayos; y este fenómeno por la fuerza del viento; éste, a su vez, por la
diferencia de densidad en el aire; éste por otras circunstancias, y así in infinitum.
Cuando un estado contiene todas las condiciones, menos una, para producir un nuevo
estado, en tanto se puede llamar a esta última causa κατ εξοχήν del nuevo estado, en
cuanto ella es la decisiva para este nuevo cambio. Pero, para la determinación de la
relación causal de las cosas, en general, no tiene más importancia que las demás, por
ser la última que aparece en orden al tiempo. Así, en el ejemplo citado, en tanto se
puede llamar al movimiento de la nube causa de la combustión, en cuanto es posterior
a la dirección de los rayos del espejo hacia la piedra. Sin embargo, esta circunstancia
ha podido efectuarse posteriormente al descorrerse de la nube, así como también ha
podido serlo la recepción del oxigeno: este orden de tiempo decidirá en cada caso
cuál es la causa. Pero si consideramos la cuestión más atentamente, veremos que, en
realidad, la causa de un estado es el estado completo anterior, por lo que es en esencia
indiferente en qué período de tiempo han concurrido sus circunstancias. Según esto,
se puede llamar causa κατ' εξοχήν, respecto de cada caso particular, la circunstancia
que aparece última en un estado, puesto que viene a completar el número de las que
se requieren, por lo que su aparición será la que decida el cambio. Sin embargo, para
una consideración general, puede llamarse causa al concurso de todas las condiciones
necesarias para la aparición del nuevo estado. Pero las diferentes condiciones, que
sólo reunidas completan y constituyen la causa, se pueden denominar los momentos
causales, o también las condiciones causales, en las cuales se descompone la causa.
Por el contrario, es completamente falso llamar causa al objeto mismo y no al estado.
Así, en el ejemplo anterior, algunos llamarían al espejo ustorio causa de la
combustión; otros, a la nube; otros, a los rayos del sol; otros, al oxígeno, y así
sucesivamente, a capricho. Pero no tiene sentido alguno decir que un objeto es causa
de otro: en primer lugar, porque los objetos no sólo contienen la forma y la cualidad,
sino también la materia, la cual ni se crea ni se destruye, y luego porque la ley de
causalidad se refiere exclusivamente a los cambios, esto es, al aparecer y desaparecer
de los estados en el tiempo, y sólo regula aquellas relaciones en las cuales la anterior
se llama causa, y la siguiente, efecto, y su relación necesaria se llama consecuencia.
Remito al lector que quiera profundizar esta cuestión, al estudio que de ella hago en
mi obra El mundo como voluntad y como representación, t. II, c. IV, y en especial,
páginas 42 y siguientes (3a edic., págs. 46 y sigs.). Pues es de la mayor importancia
formarse un cabal y exacto concepto de la ley de causalidad, como también de la
extensión de su dominio, y saber claramente, ante todo, que sólo y exclusivamente se
refiere al cambio de estados de la materia y de ningún modo a otro genero de
cambios; por consiguiente, no se puede aplicar a lo que no le conviene. Es el
regulador de los cambios operados, en el tiempo, en los objetos de la experiencia
exterior, los cuales son todos materiales. Todo cambio sólo puede aparecer, según
una regla determinada, cuando le ha precedido otro a consecuencia del cual
necesariamente se produce; esta necesidad es el nexo causal.
Á pesar de ser tan sencilla, como por lo expuesto hasta aquí se comprende, la ley de
causalidad, vemos en los libros de filosofía, desde los más antiguos hasta los más
modernos tiempos, esta ley expresada en una forma más abstracta, y, por tanto, más
vaga y confusa. En ellos se la suele definir diciendo que es lo que da existencia a una
cosa, o lo que produce una cosa; así, Wolf la definía: causa est principium, a quo
existentia, sive actualitas, entis alterius dependet53, mientras que, por el contrario, en
53 “causa es principio, de cuya existencia, o actualidad, otro ente depende”. parser latin translator.
la causalidad sólo se trata de cambios de la materia, que, por su naturaleza, es sin
principio e indestructible, y tomar existencia, esto es, pasar a ser lo que no ha existido,
es imposible. Estos falsos y extraviados conceptos de la ley de causalidad tienen
quizá su origen en la obscuridad del pensamiento; pero, en ocasiones, detrás de tal
obscuridad se oculta la intención teológica, que, husmeando de lejos la prueba
cosmológica, se dispone a servir y hasta a falsificar verdades transcendentales a
priori, ese biberón de la razón humana. Con la mayor evidencia aparece esto en el
libro de Tomás Brown On the relation of cause and effect; esta obra consta de 460
páginas, y en 1835 se publicó su cuarta edición, y después de esta quizá se han hecho
otras muchas; aparte de su fatigosa y escolástica prolijidad, no trata mal el asunto.
Este inglés ha comprendido justamente que la ley de causalidad sólo se refiere a
cambios, y que, por consiguiente, un efecto es un cambio; pero la causa es otro
cambio; de lo que se sigue que la cosa no es sino el nexo ininterrumpido de los
cambios que se suceden en el tiempo, lo cual él no dice, aunque no pueda librarse de
la lógica de esta consecuencia. En cambio, dice siempre con bastante torpeza, que la
causa es un objeto anterior al cambio, o también una substancia, y con esta expresión
completamente falsa, que estropea toda su doctrina, se atormenta y compromete,
durante todo el curso de su larga obra, lamentablemente, yendo contra su conciencia,
única y exclusivamente con el objeto de preparar la prueba cosmológica que él y
otros expondrán después. ¿Qué debemos pensar de una verdad que se ha preparado
por medio de tales maniobras?
Pero ¿qué han hecho nuestros buenos y honorables catedráticos de filosofía alemanes,
ellos que ponen sobre todas las cosas la verdad y el ingenio? ¿Qué han hecho, por su
parte, de la querida prueba cosmológica, desde que Kant la dio el último golpe en la
Critica del juicio? Era difícil salir del compromiso, pues (ya lo saben ellos, los muy
dignos) causa prima es, tanto como causa sui, una contradictio in adjecto, si bien la
primera expresión es más usada que la segunda, y se suele pronunciar con toda
seriedad y hasta con gesto solemne; y algunos, especialmente los Reverends ingleses,
elevan los ojos con expresión mística, cuando hablan enfática y patéticamente de the
first cause, esa contradictio in adjecto. Saben que una causa primera es tan imposible
de imaginar como un límite al espacio un principio al tiempo, pues toda causa es un
cambio en el cual hay que preguntar por un cambio anterior del cual proviene, y así in
infinitum, in infinitum! Tampoco se puede imaginar un primer estado de la materia,
del cual, puesto que ya no es, hayan salido todos los cambios ulteriores, pues si
hubieran tenido su causa en él mismo, éstos hubieran existido siempre y no sólo
ahora. Si suponemos que empieza, en un determinado tiempo, a ser causa,
supondremos necesariamente que ha cambiado en ese tiempo, con lo que habrá
dejado de estar en reposo; pero esto supondría un cambio, cuya causa, esto es, otro
cambio anterior, tendremos que investigar, y así nos perderemos otra vez, cada vez
más allá, en la inexorable ley de la causalidad, in infinitum, in infinitum. (¿No les da
vergüenza a esos señores hablarme de un nacimiento de la materia? Pero hay que
tener en cuenta que les esperan complacientes ciertos corolarios.) Pero la ley de
causalidad no es tan complaciente como un coche de punto, que, una vez que nos ha
conducido adonde queríamos, le despedimos. Más bien se parece a la escoba del
aprendiz de brujo de que nos habla Goethe, que, una vez puesta en movimiento, no
recobra el reposo hasta que el brujo maestro tiene que venir a pararla. Pero los
señores de que hablo no tienen, ni juntos ni separados, nada de brujos. Y ¿qué han
hecho estos nobles y honrados amigos de la verdad, que se pasan el tiempo
acechando al mérito, para, en cuanto asoma, anunciarle por el mundo entero, y, lejos
de querer ahogar al genio que nace, acudiendo a un artero y cobarde silencio, se
convierten en heraldos de éste (y esto es tan cierto como que la imbecilidad ama al
genio sobre todas las cosas); qué han hecho, digo, por su antigua amiga la
asendereada prueba cosmológica, hoy ya caída en tierra? ¡Oh! Han inventado una
linda treta: «Amiga, la han dicho, mal te va, muy mal, desde tu funesto encuentro con
el tozudo de Kosnisberg; tan mal te va como a tus hermanas la prueba ontológica y la
físico-teológica; mas no te apures, que nosotros no te olvidamos (ya sabes que para
eso nos pagan). Pero, eso sí, tienes que cambiar de nombre y de vestimenta, pues si te
anunciamos por tu nombre, todos echarán a correr. Así disfrazada, te cogeremos del
brazo y te presentaremos al mundo; eso si, tienes que guardar el incógnito: te llamaremos
desde ahora lo Absoluto; esto suena extraño, distinguido y majestuoso, y mejor
que nadie sabemos nosotros lodo lo que se puede hacer en la literatura alemana con
palabras tan sonoras como esta. Todos saben lo que bajo ellas se suele ocultar; pero
no por eso se creen menos sabios. Tú apareces disfrazada en figura de un entimema.
Todos tus prosilogismos y premisas, con los cuales se suele trepar por el largo
climax, los dejaremos en casa; ya sabe todo el mundo que no sirven para nada. Pero
al aparecer tú como un hombre de pocas palabras, altanero y atrevido, damos el
golpe.» «¡Aquí está lo Absoluto!», gritas tú; y nosotros contigo: «¡Esto es lo que debe
ser, ¡voto al diablo!, y sin ello nada sería!» (entonces das un golpe en la mesa). «Pero
¿de dónde viene eso?» «¡Pregunta estúpida! ¿No he dicho que soy lo Absoluto?»
«Consolémonos, pues, que la cosa marcha. Los alemanes están acostumbrados a
aceptar palabras, en vez de conceptos; para eso les educamos desde su juventud; y si
no, ved las doctrinas de Hegel: ¿qué son sino vana y hueca palabrería? Y, no
obstante, ¡cuan brillante la carrera de esta hechura de ministro! No ha necesitado más
que algunos amigos venales, dispuestos a entonar la alabanza del filosofastro, y su
voz ha hallado en las cabezas huecas un eco cada vez más resonante y extenso; y así
se hace de un vil charlatán, de un cerebro vulgar, un gran filósofo. Así, pues, ¡valor!
Además, amiga y patrona, ya te favoreceremos por otros medios, ¡No podemos vivir
sin ti! Aunque el viejo crítico de Koenisberg haya criticado la razón y le haya cortado
las alas, nosotros inventaremos una razón nueva, que no piensa, sino que intuiciona
ideas (palabra distinguida para uso de los mixtificadores), que intuiciona ideas vivas,
o que también percibe, percibe inmediatamente, lo que los otros sólo consiguen
demostrar, o que, especialmente en aquellos que se contentan con poco, presiente.
Los conceptos vulgares inculcados en nosotros en nuestra primera edad, los haremos
pasar por inspiraciones inmediatas de esta nueva razón, esto es, por revelaciones del
cielo. La antigua razón, analizada por Kant y degradada por nosotros, la llamaremos
inteligencia, y la mandaremos á paseo.» «¿Y la verdadera, la auténtica inteligencia?»
«¡Qué nos importa a nosotros la verdadera inteligencia! Te ríes con incredulidad.
¡Ah! Nosotros conocemos a nuestro público y las harum horum54 que tenemos
delante en esos bancos. Ya dijo Bacón de Verulamio: «En las Universidades
aprenden los jóvenes a creer». Por tanto, pueden esperar de nosotros correctas
enseñanzas. Tenemos buena provisión de artículos de fe. Si te invadiese el desaliento,
no tienes sino pensar en una cosa: que los alemanes hemos hecho lo que nadie
hubiera sido capaz de hacer, esto es, saludar como a un gran espíritu y a un profundo
pensador a un filosofastro ignorante, vacio, forjador de desatinos, que ha destruido
los cerebros para siempre con un cúmulo de huecos sofismas (hablo de nuestro
querido Hegel), y no sólo hemos podido hacer esto impune y desvergonzadamente,
sino que lo hemos creído, lo estamos creyendo, desde hace treinta años hasta el día de
hoy. Así, a pesar de Kant y de su crítica, con tu ayuda, hemos poseído lo Absoluto;
así nos hemos salvado. Luego, por medio de deducciones obtenidas por diversas
artes, y que sólo tendrán de común su atormentador aburrimiento, extraeremos de
este Absoluto el mundo, al que llamaremos lo finito, y a aquél, lo infinito— lo que
introduce una amena variación en esta logomaquia—, y hablaremos constantemente
sólo de Dios, explicando el porqué, cómo y de dónde; por qué proceso libre, o
necesario, ha hecho el mundo, o le ha creado; si está dentro o fuera de él, etc., etc.,
como si la filosofía fuera teología y tratase de explicar, no el mundo, sino Dios.»
Por tanto, la prueba cosmológica que nos ha valido este apóstrofe, y con la cual nos
las tenemos que haber, consiste propiamente en la afirmación de que el principio de
razón suficiente del devenir, o ley de causalidad, conduce necesariamente a una idea
que la suprime y la anula.
Pues a la causa prima (absoluto) se llega subiendo de la consecuencia al principio, al
través de una larga serie; pero detenernos en la causa prima, es imposible, sin anular
el principio de razón.
Después de haber aquí reducido a la nada la prueba cosmológica, como en el segundo
capitulo la ontológica, el lector querrá ver refutada también la prueba físico-teológica,
que se presenta con alguna mayor apariencia que las otras. Pero no es este el lugar de
hacerlo, pues su contenido corresponde a otra parte de la filosofía. Así, pues, remito
al lector que se interese por estas cuestiones: primero, a Kant, tanto en su Crítica de
la razón pura, como ex professo a la Crítica del juicio; y para completar su doctrina,
puramente negativa, a mis resultados positivos, en La voluntad en la Naturaleza, ese
libro pequeño en volumen, pero rico en contenido e importancia.

Fuente: Schopenhauer.  De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente. (versión electrónica) Trad. Eduardo Ovejero y  Maury.





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